¿Cuando pintó la Casa Gilardi, señor Barragán?

gilardi

Hemos hablado en diferentes ocasiones del arquitecto mexicano Luis Barragán en Patio de Sombras; sin embargo, la reflexión que traemos hoy busca un nuevo punto de vista de la obra de este genio de la arquitectura moderna.

Calificado como “pintor constructor y paisajista de vocación” y ganador del premio Pritzker en el año 1980, Luis Barragán deja clara su figura como un investigador de espacios, un arquitecto comprometido con la experiencia sensorial más absoluta, en consonancia con una forma de vida y funcional muy característica.

Es al observar sus obras cuando somos conscientes de la búsqueda y elección exhaustiva de cada detalle en el proyecto como espacios autónomos maclados para generar una sucesión espacial mágica. El color se hace patente en la obra de Barragán como un factor decisivo, meditado hasta el momento último de la construcción, y quizá más allá.

“El color es un complemento de la arquitectura, sirve para ensanchar o achicar un espacio. También es útil para añadir ese toque de magia que necesita un sitio. Uso el color, pero cuando diseño, no pienso en él. Comúnmente lo defino cuando el espacio está construido. Entonces visito el lugar constantemente a diferentes horas del día y comienzo a “imaginar color”, a imaginar colores desde los más locos e increíbles. Regreso a los libros de pintura, a la obra de los surrealistas, en particular De Chirico, Balthos, Magrite, Delvaux y la de Chucho Reyes. Reviso las páginas, miro las imágenes y las pinturas y de repente identifico algún color que había imaginado y entonces lo selecciono.”

Luis Barrangán

Barragán entiende la construcción del proyecto como la fase de mayores decisiones, donde las configuraciones de los espacios empiezan a tomar forma, a fundirse realmente, y es entonces cuando es capaz de determinar qué sensación busca infundir a través del color, y no antes.

La búsqueda por conocer la verdadera esencia del espacio acaba convirtiéndose en un diálogo entre amigos, en una visita a diferentes horas, para conocer sus claros y sus oscuros, y definir el tamaño de los huecos, su orientación, o el color. Es sólo entonces, cuando el espacio es habitado, cuando este es capaz de dialogar y expresarse.

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